China derribará la mitad de sus edificios en 20 años
China, (lavanguardia.es) Cuando en la pared de una casa en China se encuentra pintado el carácter chai (derribar), significa que las autoridades han decidido echar la vivienda abajo. Esta marca está cada vez más presente en las ciudades del país, a veces en barrios enteros. En los próximos 20 años, más de la mitad de los edificios residenciales serán derruidos, según declaró un técnico del Ministerio de Vivienda en un foro de urbanismo hace unos días. El Gobierno pretende que las construcciones anteriores a 1999 dejen paso a otras de nuevo desarrollo. Las tesis del experto –que aseguró que el patrimonio histórico se respetaría– han avivado el debate sobre el urbanismo feroz e inconsistente y las pésimas condiciones del alojamiento en este país.
En ningún país del mundo se construyen más edificios que en China: 2.000 millones de metros cuadrados anuales en los últimos años. Para ello se usa el 40% del cemento y el acero mundiales. Sin embargo, los inmuebles sólo duran entre 25 y 30 años. En España, la vida útil de una estructura se estima en 50 años, aunque los expertos apuntan que la mayoría se conserva adecuadamente mucho más tiempo.
"Las casas que enseñamos parecen más antiguas, pero se construyeron entre 2004 y 2007", recalca Luke Zhang, agente de una pequeña inmobiliaria de Pekín. Lo mejor que puede ofrecer son habitaciones interiores, pasillos laberínticos sin luz en los que se amontonan bicicletas llenas de polvo, paredes de yeso desconchado por la humedad y tabiques que parecen de papel. Uno podría creerse en plena revolución cultural (1966-1976) y, sin embargo, estos pisos son lo mejor a lo que puede optar la clase media en el centro de la ciudad, a unos 4.000 yuanes al mes (460 euros) por dos habitaciones. "Los materiales no son de gran calidad, pero así son los pisos en China, y además estos tienen ascensor", se excusa Zhang.
El verano pasado, un edificio de trece plantas en un barrio residencial de Shanghai se vino abajo poco antes de su estreno, y provocó la muerte de un obrero. La foto del edificio intacto en el suelo, únicamente desgajado por los cimientos, se convirtió en un símbolo de la negligencia urbanística y se le dedicaron todo tipo de chistes en internet. Los chinos asumen que sus alojamientos son deficientes con la misma naturalidad con la que hablan de la especulación del suelo.
En China la tierra es propiedad del Estado. Es decir, que el ciudadano que compra un piso no posee el suelo sobre el que se encuentra, sino que tiene derecho a su usufructo durante 70 años. Desde que entró en vigor la ley de Propiedad, en el 2008, el derecho se renueva automáticamente pasados esos años, aunque técnicamente sigue siendo del Estado.
La venta de terreno es una de las principales fuentes de ingresos para los gobiernos locales, que lo subastan a promotores públicos y privados. Según registros citados por The New York Times, en ocho de cada diez subastas que se llevaron a cabo el año pasado en Pekín el suelo fue a parar a empresas estatales y no a compañías privadas. Para entender por qué se quiere derribar tanto, aseguran los críticos, basta con un dato oficial: el 40% del suelo que se designa para nuevas construcciones procede de la destrucción de otros edificios. Cuantos más inmuebles se destruyan, más espacio libre para edificar y más ingresos. En el 2009, las arcas locales se embolsaron unos 180.000 millones de euros por este procedimiento.
La construcción ha sido uno de los motores del crecimiento chino en los últimos 30 años. Dos de los mayores retos de Pekín son frenar el sobrecalentamiento inmobiliario y hacer frente a una de las mayores migraciones internas del mundo: cada año llegan diez millones de habitantes del campo a las ciudades.
En las ciudades los precios de los pisos continúan subiendo. En junio aumentaron un 11,4% interanual. Empiezan a enfriarse con respecto a los últimos meses del 2009, pero todavía no se nota en la calle. Los chinos con dinero tienen pocas opciones para invertirlo y siguen centrados en el mercado inmobiliario. Se han comprado tantas casas para especular que el Gobierno ha obligado varias veces a los bancos a endurecer las condiciones hipotecarias para segundas viviendas. En Shanghai, la urbe más cara de China, la renta media disponible es de unos 3.200 euros al año: el precio del metro cuadrado demuchos apartamentos. La clase media está cada vez más ahogada, por no hablar de los minggong, trabajadores inmigrantes, que sólo pueden pernoctar en los barracones de obra o en dormitorios colectivos.
La destrucción de buena parte de los edificios actuales provocará, según los expertos, un aumento de los precios que la mayoría no podrá permitirse. Además, asegura Mao Zhiqi, profesor de planificación urbanística de la Universidad Tsinghua, no tiene sentido. "Las casas que se construyeron en las ciudades antes de 1949 están bastante bien –afirma–. La construcción de mala calidad se debe a la falta de supervisión del Gobierno y al rápido desarrollo de los últimos años. Hay que tener mucho cuidado al decir qué edificios tienen que ser derribados y cuáles renovados".
Cada vez más intelectuales denuncian la destrucción impune de su patrimonio histórico en los últimos 30 años. Los hutong –callejones con casas tradicionales en Pekín– están soportando los embates del desarrollo inmobiliario. Dos tercios de los 3.000 que había en los años ochenta han desaparecido. En el centro de la capital, el barrio histórico de la Torre de la Campana, con monumentos del siglo XIII, será remodelado en los próximos meses. El proyecto, valorado en 570 millones de euros, constará de una calle de la cultura y un centro comercial subterráneo. Algunos residentes vaticinan amargamente un decorado de película barata.
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